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Jimena Alba (heterónima de Julio César Galán)

Jimena Alba (heterónima de Julio César Galán)

Jimena Alba (heterónima de Julio César Galán)

Jimena Alba (Bilbao, 1986). Aunque nació en Bilbao, ha pasado la mayor parte de su vida en Quito (Bolivia). Realizó estudios de Economía en la Universidad de Granada, estudios que no terminó y que cambió por los de Arte Dramático en la Universidad Nacional de las Artes, carrera que decidió terminar en Academy of Acting and Theatre, Stella Adler. Actualmente reside en Los Ángeles y realiza estudios doctorales sobre la obra dramática de Sarah Kane. Ha publicado algunos poemas y textos en la página de DVD Ediciones y la editorial Pre-textos, en concreto: “Bastardas notas bicéfalas”, “Tentativas de apertura” y “La intrapoesía o la (nueva) poesía didáctica”. Forma parte del consejo de redacción de la revista de poesía, El juego de los putrefactos. En 2015 publica en Ediciones Tigres de Papel Introducción a la locura de las mariposas. Es una heterónima de Julio César Galán.

Reproducimos aquí la nota final del libro:

Paráfrasis de un artículo inédito de Óscar de la Torre

Hace largo tiempo le resumí al crítico y ensayista Óscar de la Torre mi idea de heteronimia: “El Yo absoluto: la destrucción de la identidad sociocultural, de sus ideales, de sus ideologías, de todos sus lastres (cambiarse de nombre, algunos místicos lo hacían); ir hacia los yoes que fuimos, nuestra búsqueda del tiempo perdido; crearse una comunidad literaria (la intranimia); los yoes posibles más el tú presente (la autobiografía). En fin, crearse y parirse”. Óscar me preguntaba por el origen de su vida, me cuestionaba con desagrado y hasta la refutación que él no estaba incluido en esa fosilización de la memoria afectiva. El garabato de mi nombre le comentaba, desde la templanza, que en su génesis habían influido otras razones, otras vivencias y otros detalles. Él había salido principalmente del desencanto por el contexto literario: su descomunal epigonalidad, sus mafias, su flojera crítica y sus corruptelas. Le explicaba que cada heterónimo había surgido de una sensación que servía a su vez de base para su transmutación en sentimiento y con posterioridad, en pensamiento. Ese es el ciclo. Así, Luis Yarza vino de la necesidad de fe en lo sagrado; Pablo Gaudet procede de lo jovial, de la broma, del juego, de la euforia y el desenfado; y Jimena Alba llegó de la juventud perdida, de sus actitudes, de sus ideales, de sus timos y de una frase que me repito en algunas ocasiones nostálgicas: “lo único que nos quedó de la juventud fue la música y sus canciones”. Si quiero volver a aquella etapa vital me pongo de The Ramones, The Clash, Patti Smith, Nirvana, Smashing Pumpkins…y me desprendo de mí, de la madurez y sus genuflexiones. De este modo, entro en Jimena Alba y empiezo a tirar del hilo. Sin embargo, los heterónimos también son los textos (el deseado estilo). Estos dos estratos forman esta clase de juego de espejos. A la derecha: la querencia de expresarse de otra forma; a la izquierda: la voluntad de recuperar la vida vivida y proyectar la vida deseada. La construcción de un yo propio conlleva un proceso de ascesis y de unión con uno mismo. A través de los Otros perfilamos nuestra figura con mayor exactitud y libertad, en un movimiento de mística salvaje.

Julio César Galán

Y aquí, un texto de Jimena sobre la identidad

Quito nunca estuvo en Ecuador

Quito nunca estuvo en Ecuador, ni tampoco Madrid en España, ni París en Francia, ni Tokio en Japón, ninguna ciudad está donde nos dijeron. Yo hice mi Quito en Bolivia, igual que hubo un tiempo en que hice mi París en Granada. Y así viví en París (Granada). Y también viví en Bilbao (Mozambique) y en Los Ángeles (China). Hay un momento en que decidimos que los significantes no son los significados ni sus sentidos. Hacemos el lenguaje y hacemos el lugar. La consecuencia: hacemos nuestra identidad. Y nuestro fin: crear nuestro propio lenguaje con el lenguaje dado, es decir, cambiar los sentidos, los significados, los significantes; transformar las estructuras sintácticas; trastocar la morfología; jugar con la ortografía y la gramática; reflejar los diferentes discursos de la pragmática…

Y sobre la identidad ¿qué decir? Que nuestro camino va hacia la Anonimia. De nada sirve el nombre en un percal como este, se vuelve un trazo muy fino, casi invisible, algo incómodo, pura descomposición en la podredumbre; un cerco inútil del que salir cuanto antes; una corriente de novedad sin novedades. Pero además, debemos confirmar que nunca tuvimos nombre, siempre seremos l@s nadie, seres sin rostro, un cuadro de Francis Bacon, unos versos de F. Pessoa: “No soy nada. Nunca seré nada. No puedo querer ser nada. Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo”. Y el deseo de ser considerado como autor/a: no nos engañemos, el literato, el escritor o el intelectual no poseen ninguna presencia social, se trata de un ser al que durante largo tiempo se le ha ido apartando.

Por eso, siempre aprecié la escasa importancia que algunos escritores de la Edad Media daban a la individualidad, al nombre, a la identidad. Una voz sin dueña/o. La pérdida de beatitud de lo nominal. Vivir en el pronombre. Ser poema, coexistir en el verso, borrar el garabato que nos describe. No estoy nada de acuerdo con ese condicional de Borges: “Si (como el griego afirma en el Cratilo)/El nombre es/ arquetipo de la cosa,/En las letras de rosa está la rosa/Y todo el Nilo en la palabra Nilo.” ¿Somos el nombre propio, ese poderoso objeto social? Veo a mis padres, su ilusión por definir a su hija, por identificarla; contemplan mis apellidos, vislumbran su obra carnal. Ahora veo yo la mía, la que siempre fui: Nada. El nombre, nuestro futuro: “No future” nos dijeron los punkis, no se confundieron. Yo he preferido quitarme esas “descripciones abreviadas” como las definió Bertrand Russell. El nombre propio “es un signo voluminoso, un signo lleno de un espesor denso de sentido” nos apuntó Roland Barthes; pero qué sentido, ¿el inculcado? ¿el instruido? ¿el domesticado? ¿Qué ocurre con su capital simbólico cuando se pierde? El nombre propio no constituye una identidad personal absoluta, este hecho lo establece la anonimia y el anonimato. Así que estamos fuera de la convención y lo codificado. Estamos en la reunión de todos los nombres. Estamos en aquello, si se me permite la osadía, de no ser poeta y querer ser poema. Hay más ciudades natales que la ciudad natal, hay más nombres que nuestro nombre propio. ¿Quién dijo que este es el verdadero? ¿nuestra familia? ¿nuestros amigos? ¿aquella sociedad? ¿No os parece una tontería identificar nombre con identidad? A veces, para que algo exista no hace falta nombrarlo. En suma, la anonimia resulta una vuelta al origen y por supuesto, la pérdida de la sacralidad del sustantivo patronímico.